Las habilidades musicales de un intérprete dependen en gran medida del control del ritmo y el sonido. Para mí, la formación rítmica y auditiva es una parte fundamental de la clase de instrumento. Una de las actividades más útiles para conseguir dicha formación es la improvisación.
Tocar un instrumento es un medio para educar el ritmo y el oído. El piano es especialmente útil para este fin, gracias a la disposición visual de las notas, a la afinación—ya proporcionada por el instrumento—y a la producción del sonido por percusión.
Muchos métodos y sistemas pedagógicos utilizan el teclado como herramienta de educación musical. Ya en la primera mitad del siglo XX, Émile Jaques Dalcroze utilizaba la improvisación al piano como medio para la formación rítmica y auditiva, y desarrolló unos de los métodos más importantes en la historia de la pedagogía de la música: el método Dalcroze.
Otra metodología que puede potenciar las habilidades musicales mediante la práctica del piano es el método Gordon.

Basada en parte en la metodología Kodály, la metodología MLT (Music Learning Theory) de Edwin Gordon utiliza el sistema movable Do y sílabas rítmicas como herramientas para desarrollar un meticuloso proceso de aprendizaje a través de la improvisación y la composición.
Estas metodologías tienen una gran utilidad en la clase de piano, especialmente durante los primeros años de formación y tanto si el alumno recibe clases de Lenguaje Musical aparte como si no. Con ellas, el sonido y el ritmo se experimentan primero con los sentidos, y después con el intelecto, de forma que la notación musical se aprende como un lenguaje oral: primero tocando y después leyendo y escribiendo.
En niveles avanzados, estas metodologías también sirven para interiorizar la armonía, la dinámica, la agógica, el tempo y la expresividad.
Además, mediante la improvisación, se estimula la creatividad y se evita la práctica instrumental automatizada.
